5 MINUTOS
Javier Villaba
El ojo electrónico se activó apenas entraron a la habitación. Eran las 10:11 de la noche. En la grabación, el segundo 0:01. Él aparecía detrás de ella. Ella lo evadía. Le huía. Su nombre era Andrómeda Martínez. Era el nombre que aparecía registrado en la parte superior de la lista de contactos. El, por su parte, se llamaba Robertico. Se sabía porque ella ordenaba mencionarlo al final de cada mensaje de texto que dictaba enviar. “Te amo, Robertico. ¿Me perdonas, Robertico? Te extraño, Robertico”. Siempre era la misma dinámica después de un argumento apocalíptico.
Los gritos habían comenzado en la sala. La voz de él era fuerte y ronca como la de un fumador tísico o un enfermo terminal de cáncer de pulmón. La de ella era, por el contrario, tierna y delicada como la de un hada madrina a punto de conceder un deseo. El eco de los gritos de Robertico hizo vibrar los cristales de la ventana. Afuera la noche era tranquila, diáfana. La suave brisa del mar se perdía al entrar al infierno en que él había transformado la habitación nupcial en cuestión de segundos.
—¿Por qué te pones nerviosa cada vez que te pido que me dejes usar tu celular? ¿Cuál es el miedo? —La cara de Robertico muy cerca de la de ella con las fosas nasales expuestas y los bellos de la nariz exhibiéndose.
—¿Miedo? Miedo de nada—Se defendió ella, torpemente, tratando de desactivar el ojo electrónico sin que él lo notara.
—Entonces déjame ver. ¡Vamos! ¡Déjame revisarlo si no hay nada que temer! — Él era convincente con el terror que era su forma en que manipulaba la relación.
—No. Esto es lo único a lo que tengo derecho—Sus ojos de piedad no podían ocultar la incertidumbre.
—¿Me engañas con otro? — La pregunta fue filosa como el cuchillo que le puso a la yugular la última vez que la interrogó.
—Claro que no Robertico, mi amor. Si yo te amo—Lo acariciaba como una gata negra melosa.
—Demuéstramelo dejándome revisarlo. Solo quiero cinco minutos.
Ella accedió. La cámara siguió grabando. Registraba el minuto 2:10 en la parte superior de la pantalla. Él como sabueso hambriento sobre el móvil. Sus dedos regordetes y sedosos entrando a las aplicaciones, a sus fotos en bikini, coqueta y sensual sonriendo a alguien. Descubrió que ella le tomaba fotografías cuando él se sentaba en el balcón a fumar marihuana. Revisó los mensajes de textos, las conversaciones que tenía en las redes sociales, las páginas que visitaba en el internet. Ella sudaba mientras miraba de reojo y en proximidad.
El reloj cucú de la habitación de al lado emitía un tic tac leve, casi imperceptible. Ella deseó que explotara en los ruidos estridentes y enloquecedores que hacía cada hora y que le ayudarán a terminar con este suplicio.
—No quiero que mires más— fue enfática y contundente como nunca lo había sido. No era su voz. Era la de otra que no conocía que vivía dentro de ella. La pantalla se enfoca, ahora, sobre su rostro tierno pero asustadizo. Se escucha la voz de Robertico en el fondo. Es el minuto 3 y 35 segundos de la grabación.
—Puta de mierda!! ¿Cómo se llama? ¿A quién escondes? Te he visto borrando mensajes en el baño, cuando piensas que no te veo—Una de las manos velludas de él sobre el cuello fino de ella mientras con la otra sostenía el aparato que le arrebató con fuerza.
El ojo electrónico lo registra estudiando con intensidad el mensaje que ha encontrado muy al fondo de la lista. “Estoy bien, mi bebe.” Era de Ben, un ex de hace más de 10 años con el cual aún ella se comunica. La cámara se mueve porque él la ha arrojado sobre la almohada, pero todavía sigue grabando a Andrómeda desde un ángulo de 45 grados. “Robertico, mi amor...Te a-m-o.” Las palabras de ella se le escapan con la asfixia. O era hablar o respirar. Pero no pueden ser los dos a la vez. Ella redescubre que las palabras son vida y que valen más que el aire.
Minuto 4 con 5 segundos. Se ven las siluetas de las manos de él sobre el cuello de ella que está rojo como lava ardiente donde la sangre ha estado ausente por la presión. “Robertico, Ben está enfermo. Tiene cáncer en el cerebro. A veces me responde su esposa. A veces es él. No escribe mucho.” Ella piensa que desea estarse muriendo como Ben, rápidamente. Los ojos de ella ahora se enfocan en el tatuaje de él grabado en el pecho: Don Quijote de la Mancha con su lanza a punto de empezar a pelear con los molinos de viento. Ojalá hubiera un Sancho Panza para que le advirtiera a Robertico o la salvara a ella, piensa ella.
20 por ciento restante de batería. La nitidez de la grabación se reduce. Ahora él la desnuda y ella no resiste. Intenta entrar en Andrómeda y fracasa. Descubre que no está en una película donde la pareja decide tener sexo y es inmediatamente perfecto. Ella trata de rescatar su orgullo de hombre y entonces él la abofetea. Duro y certero el primer golpe con la palma de la mano derecha. Los que le siguen son repetitivos y las gotas de sangre de ella comienzan a cubrir las sábanas de lino blanco; son rojas e intensas como una copa de Merlot derramada por descuido.
Minutos 4 y 36 segundos registrado en la pantalla. Los ojos negros de Andrómeda miran al ojo electrónico que continúa grabando. Roberto la sacude y ella no se mueve. Está inconsciente. Desaparece y la cámara se detiene.
Minuto 5, el video se envía automáticamente a la nube justo antes de desactivarse. La nube que no es privada sino compartida y que construye memorias con las fotos y los videos sin que nadie se lo pida. Inteligente, siempre inteligente, pero no más que Andrómeda. La orden de protección en el caso de violencia de género ha removido a Robertico de su vida y a muchos otros en el pasado. Tantos otras que ahora son una memoria lejana. Se promete que la próxima vez no será igual. Miente. Lo sabe cuándo abre el ojo electrónico del nuevo celular y se toma una autofoto. La mira y no le gusta. Lo vuelve a hacer tantas veces. Juega con la luz, los ángulos, las poses hasta que llega él. Siempre hay un nuevo él, pero con diferente nombre. Conocerá que se llama Eduardo luego.
—¿Me puedes tomar una foto por favor? —Súplica observando su traje de saco perfecto, las uñas barnizadas y el reloj de Rolex.