Puerta Abierta
Ira Franco
“Hijita, cuantas veces tengo que decirlo, la puerta de tu dormitorio se queda abierta” me repetía mi padre con el ceño fruncido cada vez que algún enamorado pasaba por el umbral de casa. No importaba la edad; a los doce, a los quince, veinte o treinta años, la puerta se quedaba abierta.
Las primeras historias de la semilla y la tierra fértil, seguido por el pajarito y el huevo que encuentra su hogar o las más serias, durante mi adolescencia, de un espermatozoide ganador que se desliza rápidamente por el útero travieso buscando su musa para crear a un dulce bebe, iban siempre acompañados por esa única y valedera instrucción.
Lo que no sabía mi padre es que el sofá marrón de la sala, entrada las altas horas de la noche, cobijaba a un par de enamorados que trataban de descubrir a la semilla de la que tanto escucharon hablar o fue testigo también de las aventuras entre un pajarito, su huevo y un punto G difícil de encontrar.
Ese mismo sofá vestido con un nuevo tapiz, recibía a un nuevo enamorado, y veía cómo un par de gruesos dedos se deslizaban sigilosos por cada una de las vírgenes dunas, llegaban al oasis con frescas palmeras que se movían según el vaivén de los gemidos mudos, hasta saciar la húmeda sed de la curiosidad.
Chicas, para tranquilidad de sus padres, recuerden dejar la puerta del dormitorio abierta.