Jorge, “el gordo” y Alicia

Juan Villar

La mujer se escondió, tras su marido, tenía que hacerlo. No tuvo tiempo para hacer lo necesario y evitar la desgracia.  Unos minutos atrás le había implorado que sacara fuerzas para regresar a la casa. Ahora, veía en aquellos ojos el terror que lo estremecía; la respiración inconstante, los párpados con movimientos involuntarios, las manos sudorosas y las piernas a punto de fallarle. Alicia sabía que la única opción para mantenerlo de pie, aspirando vida y respirando muerte, era sostenerlo por la espalda. 

El momento era único. Los transeúntes, los de siempre, sacaban sus celulares para alimentar las redes sociales con imágenes de una tragedia real.  Fisgones, eran los jueces y, al mismo tiempo, la parte civil acusatoria sin saber qué pasaba realmente. Buscaban el mejor ángulo para captarlos, pero Alicia había contraído nupcias con un hombre de talla XL que combinaba perfectamente el sofá con el balompié, la cerveza con los perros calientes y las rosetas de maíz con una gaseosa como entretención, así que ninguno podía verla.

Sin embargo, lo poco que vieron de su cara, el ondear de su pelo, la mirada determinada, que ellos asumían debía tener, y el mantenerse resguardada detrás de él, eran las pruebas axiomáticas que usaban para juzgarlos, una forma infame de encubrir la indiferencia humana.

Cuando llegaron los azules, junto a los paramédicos con sus sirenas, ya era tarde. Su cuerpo, lleno de sudor, se fue rodando de entre sus brazos de su mujer hasta colapsar. El calor no los ayudó. Él se derretía, se esfumaba sin decir ni una sola palabra.  Alicia, por su parte, sentía como si un castillo de arena seca y escurridiza regresara al polvo. Nadie intervino para ayudarla.  Excepto, en el momento que los paramédicos lo subían a la ambulancia. 

Alicia, abrió sus largos dedos, levantó los brazos en dirección al cielo y los detuvo alcanzando un nivel de bandera a media asta. Ahora a la vista de todos, sus ojos parecían dos lunas eclipsadas, sus labios entre los dientes, mostraban el dolor. De su cuerpo esbelto y tupida cabellera se vio ascender un pensamiento: “Jorge, mañana cobro, iré a comprar tus medicinas para donarlas”.

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