Visión perturbadora
Eugenio Fortunato
Después de una larga ducha, me enfundé en el pijama de seda color azul que me regalo mi esposa para navidad. Me coloqué los espejuelos que compré esa mañana para reemplazar los perdidos el día anterior y me entregué a mi pasatiempo favorito.
Las cortinas estaban entreabiertas y la tenue luz de un foco de la calle se colaba para dejar ver su cuerpo desarropado descansaba sobre su lado derecho. La pierna izquierda doblada, el pie, perfectamente pediculado sobre la rabadilla.
La bata de satín rosado bordeaba el nacimiento de las nalgas que apenas dejaban ver entre su división, el color rojo de sus pantis. Los tirantes caídos, mostraban sus hombros desnudos y esa piel morena que se oscurecía aún más al llegar hasta el cuello. Un rayo de luz atravesaba su oreja, revelando un par de rulos de su cabello corto y rizado.
Su antebrazo y su mano estaban sobre una almohada de seda amarilla que acurrucaba en su pecho, una visión simplemente embriagadora. Sentí como una gota de sudor frío rodaba por mi palo de nariz. Permanecí estático por unos minutos que parecieron interminables, solo esperando que se moviera, que cambiara de posición para mostrarme sus tetas, o que tan solo abriera un poco sus piernas.
Alivié la resequedad de mis labios con la lengua, moví el peso de mi cuerpo de una pierna a la otra y recosté mi hombro sobre el dintel de la ventana. El manotazo sobre mi oreja derecha llegó tarde, la roncha había empezado a crecer y el lóbulo se me había calentado, lo apretaba con la yema de los dedos tratando de mejorar la picazón. El maldito mosquito se había ensañado conmigo.
Volví mi atención hacia la cama y mi corazón dio un salto, no podía creer lo que estaba mirando, en un segundo de distracción todo había cambiado. Su cuerpo estaba boca arriba, su cabeza sobre la otra almohada, un rulo sobre su frente y se había arropado desde los pies hasta el cuello.
En la semioscuridad y resignado, empecé a dar zarpazos matando todos los mosquitos que encontré a mi paso.
Con una media sonrisa, coloqué el marcador en la página del siguiente capítulo. Cerré el libro, acomodé los espejuelos, me cepillé los dientes, halé las cortinas y me fui a dormir.