El pequeño vestido negro

Diana Rodríguez

Cuando Mila era muy pequeña su papá murió. Ella se quedó sola con su madre y como era tan tímida no tenía amigas en la escuela. Su mamá, cansada de insistirle a la hija que saliera a jugar le enseñó a hacer hilvanes y a pegar botones.

 

Poco después de la muerte del esposo, la madre se vio en apuros económicos y como cosía tan bien, montó un taller de costura en el garaje de su casa. Desde muy corta edad Mila se hizo una experta en costura y cuando salió de la escuela se convirtió en la mano derecha de su mamá, siempre detrás de bastidores.

 

La madre era la encargada de atender a las clientas y tomar las medidas. Mila observaba por un agujero en la pared y escogía qué colores y estilos le iban mejor a cada señora. En la mesa de trabajo en la trastienda colocaba la tela, los accesorios y la revista de moda con un modelo para cuando lo necesitara.

 

Las clientas se asombraban por la capacidad de la costurera a la hora de elegir las telas y se iban felices con sus vestidos. La madre se convirtió en una modista de renombre y peleaba constantemente con su hija, exigiéndole que dejara de esconderse y tomará su lugar en el taller de costura. La chica nunca accedió, se sentía cómoda tras bastidores.

 

Un sábado, Mila se despertó temprano y decidió ir al taller para adelantar unos encargos. Cuando llegó se puso a ordenar el lugar y cuando iba a limpiar el espejo, vio ante ella a una mujer con las cejas fruncidas y los labios apretados. No parecía una joven de veinticinco años, sino una mujer madura, gastada y sin rumbo. Se forzó a sonreír, un pequeño camanance saltó a la vista y una pequeña sonrisa se abrió paso sin llegar hasta los ojos.

 

La timidez había robado muchos momentos felices: paseos de la escuela, pijamadas, la fiesta de graduación y hasta la boda de su única amiga. Algo se movió en su interior. Las cosas no podían seguir igual, o se iba a convertir en la vieja amargada que la miraba desde el espejo.

 

Lo primero que hizo fue buscar entre las telas, encontró un trozo de seda negra que llamó su atención. Era apenas un retazo y le costó escoger un modelo que se adecuara a eso en las revistas de moda. Sacó el cuaderno de medidas de su madre. Dispuso la mesa de trabajo, con el mismo cuidado que dedicaba a sus clientas, y empezó a trabajar.

 

Mientras cosía levantó una plegaria a San Judas Tadeo, el patrón de las causas difíciles necesitaba toda la ayuda que el santo le pudiera prestar. El crujir de la tela bajo las tijeras y el olor a aceite de la máquina Singer, la transportaron a los lugares a los que este vestido la iba a llevar.

 

Cuando terminó, satisfecha con el resultado, cerró el taller.  Paso por la farmacia a comprar maquillaje. Luego fue a la peluquería y en menos de dos horas, salió con un nuevo corte de pelo por debajo de la barbilla y las uñas pintadas. Llegó a su casa sin que nadie la viera y cerró la puerta de su cuarto con llave. Se bañó, se maquilló y se puso el vestido.

 

Escogió una cartera de mano y en ella colocó una estampita de San Judas, para que la acompañara. No se atrevía a salir, le temblaban las piernas. En ese momento tocaron a la puerta:

 

—¿Mila estás bien? Llevas todo el día sin comer y no te he visto ni la sombra. Ya me tienes preocupada.

 

—Estoy bien mamá—respondió la chica y abrió la puerta poco a poco.

 

—¡Oh, hija, estás bellísima! —exclamó la madre. Mila la besó en la frente y le dijo que no la esperara a cenar porque iba a salir.

 

Afuera la ciudad era la misma de siempre. Un mar de gente caminando de prisa sin levantar la mirada y luces parpadeantes se reflejaban en los charcos que había dejado la lluvia. Al principio Mila caminó un poco insegura, pero el olor a basura, tan familiar, y el bullicio de los carros la tranquilizaron un poco. Con cada paso que daba se sentía mejor. El roce del vestido jugueteando con sus piernas y la tela fría que se ceñía a su cuerpo suavemente la despertaron del letargo en el que vivió por tantos años. 

 

Desde los ventanales de las tiendas una mujer hermosa, con el pelo corto y un vestido negro, igual que el de ella, caminaba a su lado. Su sonrisa le llamó la atención y se detuvo para mirarla mejor, la mujer también lo hizo. Ella le sonreía a Mila con sus ojos llenos de complicidad. Luego se volvió hacia la calle, las personas que pasaban frente de ella la miraban con aprobación. Nadie hubiera sospechado que por la mañana, esa misma mujer trabajaba frente a una máquina de coser, rogándole a un santo para que le hiciera un milagrito, sin saber que en el momento que el pequeño vestido negro abrazara su piel el miedo a vivir desaparecería.

 

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