Cangrejitos por botones
Eugenio Fortunato
Los camiones refrigerados están colocados frente al hospital, en el, restos de seres humanos apiñados como cangrejos inertes. La labor de mi departamento consiste en desinfectar cadáveres con una solución de cloro. Encima del uniforme, usamos un traje desechable que nos cubre de pies a cabeza, tenemos guantes y viseras plásticas. Hacemos turnos corridos de 18 horas, la administración ha habilitado un área donde tomamos el descanso. Nadie va a casa.
Ayer fue un día especialmente duro para mí, me toco desinfectar a cuatro conocidos, entre ellos un gran amigo de infancia, a quien, aun viviendo en la misma ciudad tenía más de diez años sin ver y con quien compartía un secreto que no sé si llego a revelárselo a alguien antes de morir o si está ahí dentro congelándose con él.
Leo, él y yo caminamos sobre la calle Rosa Duarte, cruzamos la calle Marcos del Rosario, hicimos derecha en la avenida Venezuela, dimos saltitos en el trúcamelo de tiza dibujado en la acera, llegamos a Los Minas viejos. Bajamos hasta la orilla del rio Ozama, en ese entonces el agua no era amarillenta y no había basura en sus laderas ni en su cauce. Cada uno de nosotros tenía una lata pequeña y un palito, fuerte, corto y fino. Al llegar nos pusimos a sacar de sus cuevas a los cangrejitos que despavoridos buscaban refugio.
Hoy, dos compañeros de trabajo, fueron ingresados en cuidados intensivos, yo se lo digo, esta vaina no es fácil. Todavía no hemos visto a uno salir con vida después de ingresar ahí. Tenían como dos semanas sin ir a sus casas o ver a sus familiares y ahora lo más seguro es que van a morir solos, serán cremados junto a desconocidos y sus cenizas servirán de colchón a otros que serán igualmente cremados después de ellos. Pienso en esas cosas y me da escalofrió, no quiero morir sin ver a mis hijos, sin abrazar a mi mujer o sin volver a tirarme un pedo en una reunión de hermanos, pero sobre todo no quiero morir con el secreto.
Ni él ni yo nos dimos cuenta cuando Leo se fue de nuestro lado. Lo llamamos, lo buscamos y solo pudimos encontrar su lata con el palito dentro y su ropa encima, “Linda” decía en un recuadro amarillo con letras blancas sobre un fondo rojo, las letras de abajo ya estaban casi borradas, pero de memoria sabía que decía “pasta de tomate” y más abajo un tomate delineado por bordes también amarillos. Nos empinamos varias veces, alargando el cuello y mirando el agua correr alrededor de los barcos en el muelle, cruzando por debajo del puente Duarte para confundirse con el mar caribe. Los ojos alcanzaban más que nuestras temblorosas voces.
El primer día que llegaron los camiones, seguimos un procedimiento bien riguroso, identificar, desinfectar, ponerlos cuidadosamente en bolsas negras, poner las pertenencias y los papeles en una bolsa plástica transparente y graparlas una con la otra. Después del cuarto día, desinfectamos, empacamos y tiramos. Con algunos de los conocidos o familiares todavía seguimos el protocolo. Eso sí, con todos hacemos la señal de la cruz.
Teníamos terminantemente prohibido bajar al rio, desde ese día los parpados me tiemblan cuando siento angustia, el, no dejaba de golpear su muslo derecho con la mano. El secreto se fraguo con el mismo silencio con el que tantos años después yo habría de despedirlo encerrando su cuerpo en una bolsa negra., Tiramos las latas al rio, subimos a Los Minas viejo, cogimos por la Avenida Venezuela, el trúcamelo de tiza jugaba solo, hicimos izquierda en la calle Rosa Duarte, cruzamos la calle Marcos del rosario, llegamos a nuestras casas, nadie nos había echado de menos todavía.
Esta mañana les di la bendición a mis muchachos y le conté a mi mujer sobre los muertos, de mi amigo tan solo le dije que cuando pueda regresar a casa le hablare de él, hay cosas que no se deben decir por el WhatsApp. Llame a mis hermanos para darles la noticia de los conocidos y decirles una vez más que se cuiden, que aún no es medio día y ya me he persignado diez veces.
Horas más tarde mientras pretendía mirar el televisor y enjugaba mi camiseta de sudor escuche cuando le preguntaron a mi hermana si Leo estaba conmigo y cuando su madre juraba que al encontrarlo le daría la mayor pela de su vida.
Participamos en su búsqueda, alguien sugirió esperar a la luz del día siguiente para bajar al rio, su hermana pregunto que como era posible que nosotros, sus compinches, no supiéramos donde está. Él y yo nos miramos en silencio, alguien vendrá a decir que nos vieron juntos en dirección al rio. esa noche fue la noche más larga de nuestras vidas.
No se parecía a el cuando lo sacaron, su barriga inflada, la piel blancuzca, los labios morados, sus pulgares doblados hacia las palmas de sus manos las que estaban arrugadas como si hubiera envejecido. Nunca he podido borrar esa imagen de mi mente, como tampoco he podido borrar el espanto que nos dimos mi amigo y yo en el velorio de Leo, cuando afuera escuchamos el pregonar de un niño -Cangrejitos por botones, cambios cangrejitos por botones. Cangrejitos por botones tu papa sin pantalones se lo quita y se lo pone.