Sariah
Belén González
“Tantas mentes cuadradas en un mundo circular no nos dejan avanzar”. Eso fue lo último que dijo antes de que la obligaran a tomarse el medicamento. Ella no tenía la culpa. Su irreverencia y sentido común eran muy mal vistos, pero nada la detuvo porque el pensamiento es libre, una fuente de creatividad infinita aun en las condiciones más adversas.
A sus 20 años, Sariah era una mujer atípica en su comunidad, pero muy normal fuera de esta. Paradigmas de una injusticia que no alcanzamos a comprender en un mundo donde, supuestamente, las castas no existen.
Inteligente, pero comedida, sensible a todo lo que la rodeaba, y valiente para comprender cuánto aprietan los muros, era considerada una transgresora de oficio. Para sus padres, un dolor de cabeza del que querían escapar buscando algún prospecto de marido que, a pesar de las circunstancias, se hiciera cargo de ella.
No pudo ir a la universidad, pero si escabullirse a la biblioteca pública y descubrir lo que encerraban los libros. Universos paralelos impensables para la mayoría de sus conocidos. Aprendió, amó, lloró y se emocionó devorando miles de páginas con un apetito voraz. Así creció su imaginación, así sus ideas tomaron vuelo.
Disertar sobre el pecado era uno de sus temas favoritos. “Es un asunto flexible según la corriente ideológica y perfecto para someter a quienes, por creyentes, resultan ser unos tontos”, dijo abiertamente en la mesa una noche cualquiera, sin imaginar cuánto le dolería la mejilla al ver la mano abierta de su padre acercarse a su rostro.
Sin derramar una lágrima escuchaba el sermón de su madre sobre lo inapropiado de rebelarse, según la doctrina. Pero en su interior, su voz era más fuerte al reafirmarle: “Todo comenzó cuando Adán y Eva decidieron comer del fruto prohibido. De quien fue la culpa, ya no importa. Tu no estas equivocada”.
Aunque a fuerza de malas experiencias aprendió que, aunque su cerebro funcionara a la perfección, tenía la obligación de ser simplemente una muda inteligente, no pudo controlarse. Por eso, sus padres tomaron medidas. Era imperativo que retomara el buen camino.
Mientras guarda silencio y se comporta como la mujer sumisa y respetuosa que debe ser, todo marcha bien. Pero si se atreve a decir alguna verdad incómoda... “La religión es para muchos un mecanismo de control tan opresivo que es capaz de anular al ser humano para lograr su cometido”, le comentó al hombre vestido de blanco justo antes de que le dieran un vasito con agua y su píldora.
En ese cuarto pequeño, con la mente aturdida por los químicos, luchaba por aferrarse a esa única posesión que nadie podía arrebatarle: sus pensamientos. Recordó porque no le gustaban los vestidos de fiesta sedosos y ajustados, aquel sueño de infancia en el que sus padres estaban divorciados, sus tardes en la biblioteca. Sabía que pecaba, pero ella no tenía la culpa, nació en el seno de una familia mormón de Salt Lake City.