El Viejo Roble

Eugenio Fortunato

La pregunta de esta historia es ¿cuánto tiempo más voy a durar aquí? Mi edad no es tan importante, aunque algunos dirán que a juzgar por mis arrugas debo de ser muy viejo, pero mejor no se dejen llevar por eso, siempre las he tenido. Por otra parte, mi melena se renueva, pero tengan en cuenta que jamás se pondrá blanca. Ahora bien, para los asuntos que atañen, lo verdaderamente importante son las experiencias de las que he sido testigo.

He vivido aquí toda mi vida, quizás debiera decir que he sobrevivido aquí toda mi vida.  Recuerdo cuando esta calle era un camino vecinal por el que todos los días, desde muy temprano, desfilaban negros y negras de caras taciturnas y raídas vestimentas; mismos que al anochecer, regresaban sudorosos y con la mirada desencajada.

Como una foto en mi memoria quedó grabado el día en que en el Olmo que estaba al cruzar, allá donde esta ese edificio blanco de ventanas verdosas, un grupo de encapuchados con ropa de sacerdotes colgó a uno de esos jóvenes negros entre risas y tragos.

Poco después, empezaron a despejar el área y a construir unas casitas de madera, todas pintadas de blanco. Fue cuando un grupo de hombres con machetes y hachas elevaron una oración al Todo Poderoso antes de convertir en leña a aquel pobre árbol, haciéndolo pagar por un delito que no cometió.

En ese tiempo la briza de la bahía llegaba hasta aquí y se podía divisar a los pescadores alzar sus redes llenas de peces y algas no tan lejos de la orilla. Cuando más picaba el sol o cuando alguna lluvia aparecía de repente, los jóvenes de los alrededores venían a buscar refugio. En una época, este se convirtió en su espacio predilecto, por eso tengo guardados sus secretos, juramentos e infidencias.

La primera vez que aparecieron esos hombres con maletines gigantes y estantes de tres patas con lentes de un solo ojo, y empezaron a medir, me resultaron indiferente, pero luego vinieron las cuadrillas de trabajadores con sus herramientas. Desalojaron a la mayoría de mis viejos vecinos, ampliaron y asfaltaron el camino, le hicieron aceras de concreto, le colocaron un nombre y lo elevaron a la categoría de avenida. Desde entonces, cuando los veo llegar, mis arrugas tiemblan.

Las casitas blancas han sido sustituidas por edificios que compiten entre sí por el corazón de las nubes. Ya no veo la bahía y apenas algunos rayos de sol logran escaparse y llegar hasta aquí. Todos los días, perros con cadenitas de colores vienen a orinar y a defecar en mi tronco, mientras yo sigo preguntándome ¿Cuánto tiempo más estaré aquí?

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