Martes de Ballet

Miriam Herz

Hoy es martes y me toca ballet. El estudio queda en mi mismo colegio, en el segundo piso, donde están los salones de bachillerato. Ojalá no me cruce con los grandes. La profesora Olimpo, con su trenza azabache y sus calentadores blancos, nos recibe en la puerta del salón de espejos y barras.

Llevo un maletín con mi leotardo negro, mallas y zapatillas rosadas. También llevo unas galleticas para después de la clase y un monedero de parches de colores. Es de gamuza y mi papá me lo trajo de Londres. Siempre tengo muchas monedas de las que sirven para llamar por el teléfono público que está al lado del bebedero, debajo del reloj inmenso que vibra cada vez que se mueve la aguja grande. Mi maletín tiene bordadas unas zapatillas de punta que bailan solas. No me canso de repasarlas con mis dedos. Yo todavía no uso zapatillas de punta, eso será cuando tenga doce. Me faltan como cuatro años.   

Durante el día en el colegio chequeo el maletín para asegurarme de que está todo, aunque ya lo revisé cien veces antes de salir de casa. Me llevo al recreo el monedero inglés. Oí que a unos niños les robaron un dinero y eso no me puede pasar en día de ballet. Me da tranquilidad el peso y el sonido de las moneditas que chocan unas contra otras, aunque sean un estorbo para saltar la cuerda o jugar a la liga. Mi uniforme no tiene bolsillos.

La clase de hoy la pasamos casi toda en la barra: plié, grand plié, tendu. Al final pasamos al centro para arabesque y attitude. La profesora Olimpo me felicitó.

 Sé que a la salida es inevitable cruzarme con los grandes que salen de clases con sus batas blancas. Parecen un desfile de doctores. Las usan para los laboratorios de Química y Biología. No sé qué es laboratorio, ni Química o Biología, pero es lo que leo en las placas de los salones que recorro hasta las escaleras y que huelen a hospital. Yo usaré bata cuando empiece a bailar en zapatillas de punta. Por ahora me asustan los grandes y, más, los grandes con bata blanca.

Mi mamá me recoge los días que tengo ballet. A esa hora el autobús escolar no tiene ruta.

Desde la entrada principal del edificio son veinte escalones y veinte pasos hasta la reja que da a la calle. De bajada no me canso.

Puede ser que ya esté en la puerta esperándome. Pero no.

Me siento de un ladito en el antepenúltimo escalón a comerme mis galletas. Son tres oreos. Separo las dos tapas, me como primero la que queda desnuda. Luego paso la lengua por la crema, asegurándome de dejar un poquitín para saborearla con esa tapita. 

¡Ojalá mi mamá llegue cuando termine las galletas! Pero no. 

Poco a poco los grandes con sus batas blancas van saliendo del colegio. A algunos los vienen a buscar, otros se van en sus autos y muchos se regresan caminando.

              No me gusta quedarme solita tan cerca de la calle. Con la excusa de que tengo sed, emprendo el camino de subida. Este sí me cansa: dos escalones y veinte pasos y me volteo por si llegó mi mamá. Pero no. Seis escalones y hago un esfuerzo para no voltearme otra vez. El descanso grande y seis escalones más, no aguanto y vuelvo a girar. ¡Seguro que ya está ahí! Pero no. Viene el descanso pequeño y los últimos cuatro escalones. ¡A que sí llegó ahora y me toca bajar rapidito! Pero no.   

 Me acerco al bebedero. Yo ya puedo llegar empinándome y practico para cuando baile en puntas. Aprovecho para ver la hora. Ya la sé leer, aunque a veces me confundo. La aguja pequeña está en el cuatro y la grande en el dos. Creo que son las cuatro y diez. Pero eso no me dice nada. El único momento del reloj que me importa es cuando llegue mi mamá.  

 Me sé de memoria los números de la oficina y de la casa. No voy a llamar todavía. De seguro está cerquita. Suena durísimo el último timbre del día. La campana está justo al lado del reloj y me tengo que tapar los oídos con las manos. Veo salir a los profesores y las secretarias. Ya sólo quedamos Pascual, el bedel, y yo. El colegio es grande y si estamos sólo Pascual y yo, es inmenso.

Aunque desde arriba se ve bien la calle, me preocupa no reconocer el carrito deportivo verde oliva.  ¿Y si llega y no me ve y se va?

Bajo y me siento en el primer escalón antes del descanso grande.  Es un puesto estratégico: puedo ver bien la calle y también a Pascual y el teléfono.  Abro una vez más el cierre del monedero y siento las moneditas en mis dedos.  Por favor que no tenga que llamar. ¡Que llegue ya! La verdad es que nunca he tenido que llamar en día de ballet. Algunas veces lo hago en el recreo. Así me aseguro de que el teléfono funciona, que me sé el número y porque extraño a mi mamá.  Me da pena preguntar a mis amigas si ellas también extrañan a las suyas.

  Porfa, porfa que llegue antes de que Pascual empiece a limpiar las escaleras. Pero no.  Ya lo veo acercarse con su balde con rueditas.  Arranca por los escalones de arriba. Así que voy bajando de a poco a medida que se acerca. La mopa parece una melena de leona despeinada.  

Ya estoy en el último escalón ¿Por qué no llega? A que el próximo carro que pase sí es. Pero no. Bueno, a que no el que viene sino el siguiente. Diosito, si el próximo carro es mi mamá me dejo de comer las uñas. Pasan dos carros más y ninguno es verde oliva. Me puedo seguir comiendo las uñas.

Quiero correr escaleras arriba para llamar. Pero… ¿y si me atiende? Entonces sí que se olvidó de mí. Igual las escaleras están mojadas y no puedo. 

Oigo una bocina. Salgo corriendo y casi me caigo.

Abro la puerta de atrás y me recibe con su sonrisa gigante:  —Hola mamita, ¿cómo te fue en ballet? —Me acerco por su espalda y le doy un beso que huele a laca y perfume.

Tengo un nudo en la garganta y las lágrimas están a punto de saltar. Pero no quiero que me vea llorar. Su voz y su melena peinada me tranquilizan. La perdono, creo. 

Al menos hasta el jueves, que tengo otra vez clase de ballet.

 

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